Música clásica, astrofísica y órganos vitales.

Si me obligaran a elegir sólo una entre todas las composiciones de música clásica de la historia sería sufrir una terrible encerrona. ¿Pero a quién no le gusta que le pongan contra la espada y la pared? Pues venga. Elijo Barber. Elijo su Adagio para Cuerdas. Elijo emocionarme. Y elijo seguir escribiendo esta columna mientras la escucho de fondo.

Si después pudiera ampliar la oferta y tuviera que elegir sólo tres el abanico se abriría y aunque seguiría siendo una emboscada saldría de ella con sigilo dejando tras de mí otras dos joyas eternas: la Cuarta Sinfonía de Brahms y las Tres Gymnopedies de Satie. Si las conoces tienes que comunicármelo, haremos buenas migas. Si no las conoces ya estás tardando en lanzarte a buscarlas. A escucharlas a todo el volumen que puedas. Seguro que mi abuelo, que me regaló una joya encuadernada en forma de libro sabiendo que lo devoraba desde pequeñísimo, estaría orgulloso de mi elección. Va por ti, Don José.

A los que disfrutamos con la música tanto como con los demás grandes placeres de la vida (a veces más incluso) se nos abrió un nuevo mundo con las bandas sonoras originales de las películas. Se nos partió el cielo y la mente deleitándonos. Sentirse más vivo que nunca casi tocando cómo Hans Zimmer, Vangelis, Danny Elfman, Curter Burwell o Thomas Newman ponen su alma en La Novia Cadáver, American Beauty, Interstellar, Antes que anochezca o Lunas de Hiel. No respectivamente. Te toca acertar. Porque cualquier película con esas obras maestras musicales se vuelve mítica. Y cualquier escena memorable pierde casi todo su encanto si la dejas muda. Se quedan sin alma. Les falta emoción. Adiós a los pelos de punta.

Para mí estos compositores son los nuevos Wagner, Strauss, Beethoven, Chopin, Vivaldi o Tchaikovski y muchos de sus trabajos no tienen nada que envidiar a los más ilustres clásicos. Sí, me dejo al genio de Salzburgo y al todopoderoso barroco precursor del jazz porque juegan en otra liga.

La última vez que estuve en Pamplona acabé discutiendo sanamente con otro friki del asunto, se llama Alfredo y es un personaje singular. Tanto que con muchos más pintxos y cervezas de la cuenta llegamos a la conclusión de que sólo los cirujanos y la música son capaces de mover nuestros órganos internos. Resituarlos. Tan singular que para la posteridad me dejó esta perla: “Si la música de Mozart es el Sol, entonces las obras de Bach son las leyes de la física.”

Y no seré yo quien le lleve la contraria.

 

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tomás
www.nachotomas.com
Artículo publicado en La Verdad de Murcia el 26 de Abril de 2017

Esos de 1977.

Le llamaban hat-trick. Salir jueves, viernes y sábado hasta casi el amanecer. O sin casi más de un día. Época universitaria. Mucho tiempo libre. No había móviles, no había internet. Gracias a Dios. Estudiaban poco pero con alta efectividad: consiguieron terminar la carrera en más o menos el tiempo previsto. Ir a clase era sagrado. Yendo, prestando atención y tomando buenos apuntes tenían media asignatura en el bolsillo. Los estudios eran su única obligación. Algunos añadían trabajos esporádicos para pagarse caprichos o esa asignatura que se le había atragantado.

Leían libros en los autobuses y se sacaron el carné de manipulador de alimentos. En las calles había peleas entre bandas. Había drogas, había alcohol y había sexo. Qué calles las de los noventa. Qué calles las de cualquier época si te toca disfrutarlas y sufrirlas. También había amistad profunda y sincera, la de la adolescencia, esa que duele incluso a veces. Compartían tabaco y partidas con monedas de cinco duros en los recreativos. Comenzaron a interesarse por la cultura en sus más diversas expresiones, unos optaron por la literatura, otros por la música o el cine. Y todas se daban la mano en sus mentes. Pura pasión ver una película en versión original con subtítulos, traducir un poema romántico en alemán o una balada rockera de un grupo irlandés. Gastaban la paga semanal en ir al cine, comprar vinilos o libros y en hacer botelleo, que no botellón.

La sensación de espera producida por aquella canción que querían volver a escuchar a toda costa y no podían. Pegaban la oreja a la radio con los botones de rec y play preparados bajo sus dedos. Angustia que daba la vida al tiempo que la quitaba. Grababan discos de casete a casete en una habitación en silencio, de la que salían a hurtadillas sin hacer ruido y a la que luego entraba su hermano mayor gritando algún improperio que quedaba grabado para siempre en el momento justo. O el locutor que decía alguna tontería y tantos lustros después todavía les viene a la cabeza al escuchar de nuevo ese temazo.

La quinta de 1977 comienza a cumplir cuarenta y tienen la suerte de que les acompañe la gente de siempre. Crecen en sus amigos. Se hacen mayores en la ropa. Envejecen mirándose en sus hijos. Son cuarentones solo en las cabezas de los otros. Pero todo sigue igual. Porque lo auténtico no cambia y los genes están ahí para algo. La clave es que por muy jóvenes que fueran, con todas las locuras típicas de la edad, eran buenas personas. Y eso es determinante. Con valores firmemente asentados en sus respectivas familias. Cada una de su padre y su madre. Era un grupo heterogéneo: pijos o hippies, punkis y heavies, engominados o con melena desaliñada. Un denominador común, eran amigos.

Veinte años después siguen quedando a cenar. Siguen siendo esos veinte chavales que salían del instituto a echar un rato en los futbolines, con granos en la cara, mochilas a la espalda y ganas de comerse el mundo. Y como decía Sabina, fue el mundo y se comió a alguno de ellos.

 

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tomás
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Artículo publicado en La Verdad de Murcia el 19 de Abril de 2017

Preparados para la diplomacia digital.

El gobierno de Dinamarca ha anunciado que nombrará un “embajador digital” como cargo oficial para tratar con las grandes corporaciones del mundo online. Será el primer país del mundo en hacerlo. No cabe duda, los daneses son un pueblo avanzado. Entienden e intuyen cómo su sociedad es afectada directamente por acciones externas incluso antes de que sucedan. Este pequeño reino ha asumido que gigantes como Google, Facebook o Apple pueden ser considerados, sin temor a exagerar, como verdaderos países electrónicos o incluso empresas estado, de ahí la intención de fijar una relación diplomática exacta, controlada y duradera con ellos.

Estas compañías controlan una buena parte del mundo, nos guste o no, y ya tienen más datos nuestros que la Seguridad Social, la Policía o el Ministerio de Hacienda. Sus movimientos afectan a nuestros mercados laborales y sus decisiones pueden provocar cambios sustanciales en nuestra educación y economía domésticas.  Tres datos para situarnos en contexto: El valor de mercado de Apple le pondría en el G20, Google vale más que el PIB de Argentina y si Facebook fuera un país sería el más poblado del mundo. Las tres compañías cuentan con presupuestos que ya querrían tener naciones emergentes en plena expansión. Mantener con ellos unos buenos lazos y vínculos mutuamente beneficiosos será clave en el futuro. Los daneses han abierto el melón, es hora de copiarles.

En este mundo que va camino de Gran Hermano los usuarios hemos puesto nuestros diarios secretos en manos de estas moles de servidores situadas en mitad de los desiertos, dejándoles olisquearlos y permitiéndoles así prever nuestros actos. Nos reímos de los perros o las moscas, pero somos tan animales y tan de costumbres como ellos. O más. Y ahí radica la necesidad de que los representantes de la ciudadanía tomen cartas en el asunto. Queda por descubrir la eficacia, visibilidad y poder real de este emisario oficial frente a dichas potencias digitales.

Actualmente cualquier diplomático tiene llave maestra allá por donde circula, recibiendo halagos, alfombras rojas y trato casi monárquico. Este, sin duda, no es el modo de actuar en Silicon Valley o Shenzhen, los dos grandes núcleos planetarios de startups y empresas tecnológicas. ¿Correrá la adaptación por cuenta de la etiqueta o por los bites? Sea como sea, la persona elegida tendrá que lucir un carácter marcadamente dual. Suficientemente buen político como para hacerse respetar, saber estar, relacionarse socialmente y hablar en público. Pero lo suficientemente buen técnico como para conocer por dentro la industria digital, tanto a nivel operativo como empresarial y comercial. Algo así como un “tecnodiplomático”.

Personalmente estoy deseando verlo. Y quién sabe, ojalá vivirlo. Cuando España decida llevar a cabo esta idea, aquí tiene el primer candidato. Por si acaso me he comprado una americana y unos zapatos nuevos. Para ir arreglado pero informal, rollo casual. Como si estuviera tuiteando, pero de embajada en embajada. Lo veo.

 

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tomás
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Artículo publicado en La Verdad de Murcia el 12 de Abril de 2017

Cassandra Vera y la desproporción.

Hoy he hecho algo que no se debe hacer. He rebuscado tuits antiguos de una persona. Esos que quizá haya escrito como desahogo en un momento de enfado y ahora chirrían con el paso de los años. Me he tomado la molestia de hacerlo en la cuenta de Cassandra Vera, condenada por la Audiencia Nacional por varios comentarios sobre Carrero Blanco. Algo de total actualidad y tal.

He perdido un par de horas mientras leía sus paranoias mentales. Además de poca chicha y mucha verborrea adolescente esta chica no tiene gracia ninguna. Ni gracia ni capacidad de daño. Se trata de contenido totalmente inofensivo incluso sacado de contexto. Ninguno de sus tuits me ha provocado un gesto extraño, ni de risa ni de rabia. Más bien pena. Sus intentos de insulto son de gama baja, carentes por completo de talento y ponen a su misma altura a los que se dicen ofendidos con ellos. Pieles finas para lo que nos apetece.

Sin ser yo psiquiatra, la chica parece tener un trastorno mental importante. Vive en una continua contradicción (al menos en su Twitter, que puede no corresponderse con su vida real, ojo), se ha visto en el ojo del huracán, donde por otro lado parece haber querido estar desde hace tiempo a la vista de sus continuas búsquedas de atención y ahora le ha cogido el gusto al asunto. A ver quién la saca de ahí con la ristra de defensores y detractores que se parten la cara en su nombre.

En estas dos horas no he visto ni un sólo tuit que pueda ser considerado delito en un país avanzado como el nuestro, ni he leído un sólo argumento en su contra que pueda hacerme creer que la sentencia que le han impuesto tenga más sentido que sus vómitos tuiteros. Su condena pone en peligro nuestra democracia y libertad de expresión. Si no podemos criticar estamos jodidos. Desear la muerte de alguien no es delito, aunque sea reprobable éticamente. Si nos ponemos magníficos aquí no se salva ninguno. Haz una búsqueda en Google o Twitter con “ojalá se muera fulanito” y pídete un café.

Algunos dicen que esta chica está enferma y no lo voy a discutir, pero más enferma está nuestra justicia si pierde el tiempo actuando contra esto. Me parece tan casposo el que defiende sus infantiles argumentos poniéndolos de ejemplo absoluto de la libertad de expresión como el que aplaude la condena amparándose en que se siente atacado. Venga hombre, por favor.

Quizá la cosa venga de lejos, de nuestra cultura de enfrentamiento. ¿Por qué necesitan algunos que su interlocutor esté siempre posicionado? No, señores, hay veces que no es posible decidirse entre dos temas, porque ambos están viciados y son erróneos. Como en este caso. Es muy posible que Cassandra Vera sea idiota y al mismo tiempo la sentencia sea un disparate. Lo que me da más pena de todo esto es que un tío culto e inteligente, con una carrera artística contrastada, experto en el humor ácido, sátiro y directo también ha sido condenado por algo parecido. Cesar Strawberry, cantante de DefConDos. Acabáramos. Y la desproporción tiene pinta de continuar.

Controla tus dedos al escribir, no vayan a conducirte al calabozo.

 

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tomás
www.nachotomas.com
Artículo publicado en La Verdad de Murcia el 5 de Abril de 2017