La ciencia lúgubre

Corría 1995 cuando en una tórrida tarde de verano murciano recibí las notas de selectividad. Tras cuatro de los mejores años de mi vida en el instituto Alfonso X El Sabio la media no alcanzó para una ingeniería y, teniendo claro que estudiaría una carrera universitaria, tuve que decidirme entre las que no ofrecían resistencia a la entrada: Derecho o Económicas. Parece que fue ayer cuando rellenaba el papel con el orden elegido, unas casillas que marcarían no solo el próximo periplo docente sino también, quién iba a saberlo ahí, el futuro laboral, profesional y hasta familiar que la vida tenía preparado para este que escribe.

Siendo sincero, no es que me muriera de ganas ante la perspectiva de otra larga temporada de estudio, pero siendo más sincero aún, lo que sí me atraía era el salto a esa casa mágica llamada Universidad a la que finalmente accedí a través de la flamante Licenciatura en Administración y Dirección de Empresas (más conocida posteriormente como ADE). Aunque nunca he sido un mal estudiante, viviendo de las rentas más veces de las necesarias, el primer año fue criminal: explosiva mezcla del exigente nivel académico y de la novedosa libertad personal.

Poco a poco fui cogiendo el ritmo y, aunque necesité un cuatrimestre más del necesario para terminar, conseguí que la Economía, esa “materia triste, árida, angustiante, vil y penosa a la que podríamos llamar la ciencia lúgubre” en palabras de Thomas Carlyle, acabara no solo gustándome, sino incluso interesándome. A riesgo de llevar la contraria al famoso escocés me atrevo a decir que realmente no se trata de una ciencia cáustica o deprimente si la enfocamos desde el prisma de su inmensa utilidad como estudio de las (sencillas) motivaciones humanas y de sus (complejas) elecciones diarias.

Una economía que sin ser exacta es preciosa, que ayuda a comprender por qué se toman ciertas decisiones, que ha conseguido que la sociedad actual esté donde está, que nos deja cara de tonto cuando vemos que se siguen cometiendo los mismos errores gobierne quien gobierne o que las crisis financieras volverán porque a algunos les interesa que vuelvan. De mi carrera me quedo con lo que aprendí de historia, de derecho, de psicología y de política.

Tantos años después puedo decir con orgullo que soy Licenciado, que ejerzo como tal habiendo creado y dirigiendo una empresa que se enfrenta a diario a la gran mayoría de la problemática que en la Universidad tuve que aprender, que todo lo que estudié me sirve, aunque en aquel momento no lo supiera y que, contra la lamentable corriente actual, trabajo de lo mío. Nada menos.

Qué importantes son ciertas decisiones y qué poco lo sabemos cuando las tomamos. Quizá esa sea la clave de acertar tan a menudo, porque como todo el mundo sabe: Decisión tomada es decisión acertada.

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tomás
Twitter: @nachotomas
Artículo publicado en La Verdad de Murcia
16 de enero de 2019

El rebote

No es la primera vez que escribo sobre las fake news en esta columna y me temo que no será la última. Dentro de las infinitas ventajas que brinda el social media a la comunicación entre personas, empresas e instituciones, nos encontramos con esta piedra en el zapato que está amargando la existencia a más de uno. Un fenómeno que ha infectado desde dentro y como un cáncer lo que parecía intocable en los inicios: el contenido que se publica en las redes sociales, haciéndonos partícipes, muchas veces sin saberlo, de algunos de los movimientos políticos que pasarán a la Historia en unos años: Podemos (en España), Donald Trump (en EEUU), Nigel Farage (en Reino Unido y la Unión Europea), Jair Bolsonaro (en Brasil) o Matteo Salvini (en Italia) son el mayor ejemplo.

Voy a intentar explicarlo: los algoritmos de las más importantes plataformas (Facebook, Twitter e Instagram principalmente) valoran especialmente las interacciones entre perfiles, ya sea a través de comentarios, me gusta o compartidos, dándoles más visibilidad. Al fin y al cabo, como todos sabemos, viven de la publicidad y, salvando las distancias, la política es también un producto que debe venderse. Pues voilá, habemus mercado.

Existen malas artes desde siempre, en las que muchos medios y personajes son absolutos especialistas haciendo de este amarillismo su día a día, focalizados en la provocación más burda. Sus comportamientos nos inducen excitación e ira, las dos emociones que más estimulan el arranque de las personas para responder. Para rebotar. Para rebotarnos. Y de eso viven estos provocadores. Del fuego que se propaga con nuestra pólvora.

Si esto ha pasado en los medios de comunicación de masas como la televisión, imagina lo que puede suceder en un lugar sin puertas como internet en general y las redes sociales en particular. Mi consejo es no entrar al trapo, contar hasta diez antes de darle a responder y pensar que una discusión virtual siempre se pierde. Aún más cuando tu contrincante es un troll como habitualmente sucede. Y esto pasa en todos los sectores y todas las industrias. Desde el futbol hasta la política, pasando por la movilidad o la comunicación empresarial. Las “broncas” dialécticas mejor con cerveza de por medio y cara a cara, sin resquicios ni recovecos.

Pero claro, no todo es culpa de las redes sociales genéricas a las que todos siempre culpan, no debemos olvidar una de las mayores amenazas para las noticias reales: WhatsApp. Si en las demás podemos ver lo que publican unos y otros y al menos ser conscientes de por dónde parecen ir los tiros, en la aplicación de la bolita verde la cosa es incontrolable, sumando además el gran plus psicológico que supone compartir conexiones más fuertes a nivel personal, con tus amigos, compañeros de trabajo y familiares.

Ojo a lo que lees y a lo que compartes. Puedes ser parte del problema.

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tomás
Twitter: @nachotomas
Artículo publicado en La Verdad de Murcia
9 de enero de 2019

Sólo un minuto al año

Cada comienzo de año, a la hora de cuadrar la caja interna o preparar el presupuesto mental venidero, me suelen venir a la cabeza los más diversos pensamientos. Uno de los recurrentes, como no podía ser de otra forma, es el vertiginoso paso del tiempo. Sonará a topicazo pero es que, madre mía, cada año esto va más rápido y todo, por más duradero que pueda parecer, es efímero y así deberíamos, por más difícil que sea, intentar tomárnoslo.

El asunto queda perfectamente de manifiesto por ejemplo en una de mis debilidades: Ver vídeos musicales. Disfruto tanto de la música como de las caras de los cantantes. Analizo sus facciones, gestos y miradas. Me gustan especialmente los directos, la sensación de libertad y pureza que transmiten las grabaciones de los conciertos está a años luz de lo cuidadoso de los videoclips, donde todo está ensayado, testado y, carente de improvisación, quizá demasiado limpio. Como habitualmente, me da por pensar en esas ganas de comerse el mundo que tienen los artistas que triunfan con sus primeros trabajos, en giras alrededor del mundo, en fans enloquecidos, el poder en sus manos, el estremecimiento de creerse inmortal, la mentira más dulce. Sirve cualquiera de los grandes, haz la prueba. Desde Michael Jackson a Freddie Mercury, pasando por John Lennon o Kurt Cobain. ¿Quién podría imaginar que algún día ellos también morirían viendo la incontenible fuerza que irradiaban? Pues sí, todos al hoyo. Como irás tú e iré yo.

¿Y por qué pienso esto cada año? Parece sencillo, es el momento perfecto, rodeado de tu familia, los nuevos y los que ya no están. Un evento que se repite es el mejor escaparate en el que reflejar los cambios sucedidos como si de un espejo se tratara. Y la Nochevieja cumple todos los requisitos. Ya decía Mecano que hacemos balance de lo bueno y malo. Y algunos hacen también una lista, de propósitos o de peticiones, de mejoras, de temas a evitar, de asuntos a afrontar. ¿Y si en vez de pedirle tantas cosas al 2019, comenzamos por darle todo lo que tenemos? Luego vuelve, a lo Jorge Drexler.

Por supuesto que es imprescindible mirar hacia atrás para encarar con garantías lo que viene por delante pero nunca como un “cualquier tiempo pasado fue mejor” sino como un “cualquier tiempo pasado fue anterior”. Carlos del Amor sabe hacerlo como nadie y el cierre que se marcó ayer con el último minuto del último telediario del año fue otra de sus joyas.

Aprendo su lección y asigno exclusivamente ese tiempo, un minuto, a mirar atrás. Para tener todo el del mundo para lo otro, lo que aún no ha llegado. Y que recibo con los brazos abiertos. Venga lo que venga. Feliz 2019.

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tomás
Twitter: @nachotomas
Artículo publicado en La Verdad de Murcia
2 de enero de 2019

Segunda parte: Brindis

Hace justo doce meses escribía aquí mismo la última columna de 2017 con la idea de agradecer lo vivido en el año en que cumplí cuarenta y que sin duda fue uno de los mejores de mi vida. Llegamos de nuevo al final de la recta que nos marca el calendario y me propongo revisarlo, a modo de balance, tomando nota de los errores y preparándome para el salto, en pocos días, a un nuevo espacio y periodo con la lista en la mano, tachando, como si fuera la de la compra, lo que ya tengo en la despensa y apuntando lo que me falta, si es que realmente es necesario para mi subsistencia.

Acaba un año en el que de nuevo hemos construido y hemos destrozado, hemos fallado y nos han traicionado, hemos tenido suerte y hemos sido desgraciados. Hemos escuchado a los que hablan sin saber y no hemos oído a los que realmente saben porque no les dejamos hablar. Hemos acertado y la hemos cagado. Hemos frustrado planes concienzudos y hemos triunfado en los imprevistos. Hemos luchado, hemos perdido y echado a perder. También hemos ganado.

Hemos tenido estrés y hemos perdido el tiempo. Hemos vivido momentos para el recuerdo e instantes para olvidar. Hemos crecido y hemos mirado arriba. Nos hemos estabilizado y hemos mirado atrás. Hemos valorado. Hemos sufrido y hecho sufrir. Hemos madrugado y trasnochado. Hemos huído, hemos fluído, hemos caído. Hemos molestado y ayudado. Hemos inspirado y copiado. Nos hemos mordido la lengua, nos hemos sacado (algunas) piedras del zapato, hemos comido y bebido. Hemos mentido, hemos dicho no cuando era sí y sí cuando era no. Hemos leído, escuchado, hablado. Hemos sentido.

Por todo y por ahora. Segunda parte: Brindis.

Ha sido un año en el que hemos tocado techo, pero el techo como el suelo en otros momentos, siempre se aleja. Brindo porque no sepamos nunca dónde acabará estando. Por esa magia. Brindo por los espejos. Pero sobre todo y siempre brindo por nuestras familias y nuestros amigos. Por los que se han ido y por los que han venido. Por las promesas cumplidas y las olvidadas, por los objetivos cambiados. Por los pasos en falso y las correcciones personales. Por conocernos un poco más cada día, por priorizar y por no hacerlo. Por empatizar y por dar. Por pedir. Por aprender de las capacidades que tienen todos los que nos rodean. Por la utilidad y el desescombro. Por un millón de viajes, por un millón de series, por un millón de cervezas. Por hache o por b. O por ene. Por el blanco, por el negro y por el naranja. Por el seis, el ocho y, sobre todo, por el siete. Por los equipos. Por las verdades.

Brindo por mirar a los ojos y a los lados para sentir que, un año más, estamos sanos y bien acompañados.

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tomás
Twitter: @nachotomas
Artículo publicado en La Verdad de Murcia
26 de diciembre de 2018