Lo que nos viene grande

Desde nuestro nacimiento estamos rodeados de cosas que nos vienen grandes. Los pañales talla cero, a no ser que tengas el tamaño de un lechón, son el primer ejemplo. Más tarde llega la ropa heredada, la habitación y la propia vida. Todo nos queda suelto. Y tú también, culpable, viniéndole grande a tus padres. Bastante holgado, por suavizarlo un poco.

Creces y entonces vas encajando, o eso crees, adaptándote en tamaño y forma a los utensilios que a tu alrededor son dispuestos. Creces y entonces ves que no encajas, o eso vuelves a creer, inadaptado muchas veces a esas cuadrículas en las que nos disponen los que mueven estos hilos de la mal llamada existencia. Luego nos viene grande la familia, el colegio, las amistades, las relaciones, la universidad. Nos va viniendo todo grande por más que crezcamos. Se nos queda grande el trabajo, los compromisos, las responsabilidades, nos viene grande la rutina y, estaba cantado, nos vienen enormes los hijos. Qué grande se nos queda la paternidad. Regreso al pasado. ¡Cuántas piezas y qué difícil unirlas!

Pero esto es sólo la primera parte del partido. De la vida.
Toca descanso. Tomar aire.
Comienza la segunda. La definitiva.

“La vida es como una tela bordada. Nos pasamos la primera parte de la vida en el lado bonito del bordado. Pero la segunda parte de nuestra vida la pasamos en el otro lado, es menos bonito, pero vemos cómo están dispuestos los hilos.”

Nos podemos sentir por momentos un descosido en la tela que por una cara muestra ese precioso bordado. Pero los hilos que generan el bello encaje por delante están cruzados de aquella manera por detrás, y aunque considerados antiestéticos por algunos, dibujan y desarrollan su trabajo efectivamente. Sin concesiones, prietos, unidos y por fin, de su tamaño y a tu criterio. Tan necesarios como invisibles por la mayoría. O peor, obviados. Evitados pero imprescindibles.

Y entonces, de repente llega un día en que parece que un sastre ha llegado a la ciudad y te ajusta el traje que tan grande te venía. Comienza tu pacto con el entorno, priorizando dimensiones y adaptándolas a tu figura. Pero es una mentira a voces, pues no son las costuras ni hay modista. Eres tú el que has encontrado tu ubicación en la vida, reconstruyéndola como un perfecto puzle, acoplado por fin con todo lo que te rodea. Ensamblado. Redondo.

Todo encaja de nuevo. O por primera vez.
El problema es que ahora sobran piezas. Si te gusta cómo te ha quedado, sólo tú sabrás si quieres hacerles hueco.

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tomás
Twitter: @nachotomas
Artículo publicado en La Verdad de Murcia
12 de diciembre de 2018

Las cacas flotantes

Lo bueno de escribir una columna es que dada su longitud resulta bastante complicado estar cabreado durante todo el proceso, al contrario de las redes sociales donde puedes patinar cuando algo te saca de tus casillas y con el calentón vuelcas la bilis en forma de tuit.

Voy a contaros, lo más relajado posible (a diferencia del enorme cabreo que teníamos ayer), lo que padecemos los usuarios de la Piscina Infante de Murcia durante los últimos meses, donde se han suspendido varias clases por defecaciones de usuarios (así como estás leyendo) semana sí, semana también.

Llevo yendo a esta piscina pública desde más de seis años y nunca había vivido algo semejante. Desde el año pasado mis hijos también acuden a clases con monitor y no tuvimos queja, pero el asunto se ha desbocado desde la vuelta de verano, cuando aparentemente hay alguien que no puede controlarse y provoca el caos. Personalmente practico el nado libre: a mi ritmo, sin monitores y con unas calles reservadas. No es raro ver a ciertos empleados con el móvil continuamente en la mano, haciendo poco o ningún caso a los bañistas. Quizá esto sea una causa, pues como en todas las facetas de la vida social o pública, existen dos tipos de personas, los que se escaquean y los que curran.

No busco culpables, busco soluciones. Y ojalá esta columna en forma de queja llegue a alguien que pueda hacer algo. Solo queremos hacer deporte, disfrutando en familia de un servicio público sin miedo a la sorpresa diaria. Llevar a los niños a la piscina supone una importante organización familiar, incluso conocemos alguien que viene en taxi, desde vete tú a saber dónde, para encontrase el pastel en los morros. Pusimos queja y firmaron otros padres, pero por ahora lo único que hemos recibido es impotencia.

Si se trata de un niño, qué culpa tendrá él, sus padres deberían tomar nota y por el bien común dejarlo en casa para no afectar a decenas (por no decir centenares) de otros niños que se quedan con un palmo de narices, porque no nos han avisado ni una sola vez. Ni WhatsApp, ni SMS, ni teléfono, ni email, ni redes sociales, ni nada de nada: vas con tus hijos tan contentos y te cierran la puerta en la cara. Ayer mismo, para colmo, aparte de la caca acuática había un vómito. Mis hijos aseguran que un niño estaba enfermo antes de comenzar a nadar. Poco más que añadir.

Maleducados va a haber siempre, si ellos no están capacitados para controlar su entorno habrá que elaborar protocolos que prevean estas situaciones, hacerlos de obligado cumplimiento y, sobre todo, de actuación rápida.

Tampoco es tan difícil, ¿no?

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tomás
Twitter: @nachotomas
Artículo publicado en La Verdad de Murcia
14 de noviembre de 2018

La nueva vida de Pablo

Todos solemos usar frases hechas para intentar definir las cosas que nos suceden, tirando de tópicos involuntariamente sin pararnos a pensar en la profundidad que habitualmente transmiten los dichos o refranes de los que el castellano está plagado. ¿Quién no ha dicho alguna vez aquello de “ese día me cambió la vida”, y la vida, sin embargo, siguió igual que antes? No escribo esto con afán crítico, más bien con intención de elegir cuidadosamente las palabras que usamos, sirviéndonos así mejor del amplio léxico que a nuestra disposición tenemos los que usamos la lengua de Cervantes.

Hace pocos días se cumplieron tres años de un tropezón (iba a escribir escalón, pero no) que sí cambió nuestras vidas (y de qué manera), especialmente la de Pablo, nuestro hermano, hijo y amigo, cuando aquel fatídico accidente le dejó en coma. Ya lo he contado muchas veces y me sigue costando tragar saliva cada vez que me viene a la cabeza: un coche le pasó por encima cuando volvía de trabajar en bici camino de su casa.

Han sido tres años de infinitas pruebas, dolores, operaciones, llantos, depresión, rehabilitación, enfados, secuelas y frustración. Pero también han sido tres años de superación. De comportamiento ejemplar, de lágrimas de alegría. De victoria y por encima de todo, de una sonrisa contagiosa como ella sola. Tres años de objetivos cumplidos y de objetivos anulados. Para eso existen, para cambiarlos. Siempre lo hemos dicho, ¿verdad Pablo?

Con una incapacidad total revisable cada cierto tiempo, no puede trabajar de lo que trabajaba antes pero sí en otras cosas (la buena noticia es que le han quitado la absoluta que le impediría prácticamente hacer cualquier cosa) se debe enfrentar ahora a su nueva vida. Se ha ganado la adaptación curricular en la Universidad, donde estudia Trabajo Social, y se ha metido entre cejas acabar la carrera lo antes posible. Está realizando un curso de fotografía y, será que le veo con ojos de hermano mayor, pero le está cogiendo el punto al asunto deportivo. En su blog, con su voz, puedes ver sus progresos.

Se ha sacado el carné de conducir, ya tiene coche propio y no depende de nadie para moverse. Tus familiares te lo agradecemos, Pablo. Como guinda, se ha apuntado a mi gimnasio y me temo que en menos que canta un gallo me va a dar sopas con onda. Qué gusto, pijo.

Ya sabes su historia, si te lo encuentras por la calle y te sonríe será tu día de suerte, lo de Pablo no es de este mundo.

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tomás
Twitter: @nachotomas
Artículo publicado en La Verdad de Murcia
31 de octubre de 2018

 

La noche y nosotros

No tengo recuerdos claros de mi estancia en el vientre materno pero imagino sin temor a equivocarme un sonido acuoso que nos envolvía rodeado de luces y sombras, movimientos ondulantes y voces que serían familiares al cabo de los meses. Se trata de la primera vez en nuestra vida en que sufríamos las tremendas diferencias de la noche y el día, recibidas a través de esa ventana traslúcida que dicen es la carne humana.

Hoy me ha dado por pensar en la relación que tenemos con el Sol y con la Luna, con la luz y con la oscuridad que ambos producen, con lo oculto y lo patente, con lo (in)visible. Es algo que evoluciona con la edad, que vas degustando a sorbos con el tiempo, que vas modelando en función de tu existencia y sus etapas. La noche tiene algo especial, no hay duda, pero el día gana enteros conforme avanzan tus pasos en esta interesante película en la que eres protagonista.

De niño huyes de la oscuridad como algo inhóspito, lejano, extraño y que acojona bastante, para qué engañarnos. En una infancia vivida en las calles, el hecho de que comenzara a anochecer era síntoma de fin de juegos, de volver a casa, de cena, de dormir, de monstruos. La noche, de niño, era una faena.

La cosa cambia, y de qué manera, con el paso de los años, cuando el día deja paso a la juerga, a los amigos, a las copas y a la fiesta. Ver clarear la oscuridad al final de la noche supone retirada, a lo vampiro, dirección a los aposentos. En la juventud el sol es a veces el enemigo. Ese que te reta, que te ataca y que te gana por goleada, gafas oscuras.

La vida sigue y de las aventuras nocturnas pasas al aperitivo, comida, tardeo y a la huida con la luz, a lo péndulo estelar, pensando en el día de mañana y en las consecuencias de la valentía. En este momento estamos, disfrutando de los madrugones casi tanto como de ese mágico momento entre la puesta de sol y la oscuridad total. La hora azul le llaman algunos. La hora madura, podríamos rebautizarla.

Y como el ciclo que somos, intuyo que llegará el momento del miedo a las noches en vela. Sufriendo en el deseo de que de una vez amanezca para comenzar la rutina. Debe dar pavor acostarse y no saber si el ojo se cerrará cuando se lo ordenas, se lo pides, cuando se lo suplicas. Y entonces echaremos cuentas, a buenas horas, de las noches sin dormir, del robo continuo al sueño, del puedo y no quiero. De las noches, de los días y de que el final, la culpa es tuya por querer disfrutar siempre eso que no tienes. Que no puedes.

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tomás
Twitter: @nachotomas
Artículo publicado en La Verdad de Murcia
26 de septiembre de 2018