No son las bicis, somos nosotros.

Montar en bici es muy sencillo. Mi hijo pequeño con seis años sabe hacerlo sin ningún problema. Circular es otra historia. Desplazarte por la ciudad dando pedales es una maravilla. Vivo en el sur Murcia y durante cuatro años la atravesaba cada día hasta el instituto Alfonso X, en lo que ahora es La Flota y antes era  La Huerta. En el norte. También en los primeros años de carrera me desplazaba a diario a la Facultad de Economía y Empresa, me hice amigo del bedel y permitía meter mi vehículo en una habitación o atarla a una escalera usada por casi nadie. Hace 20 años había pocos ciclistas en Murcia y los que circulábamos lo hacíamos cumpliendo las normas. Y mirados de reojo. Recuerdo cuando una vez quise atajar a las tres de la tarde por una calle Trapería totalmente desierta y dos policías locales me obligaron a echar el pie a tierra. Lógico.

Actualmente las cosas han cambiado a mejor por el enorme incremento de usuarios, producido por diversos motivos. Esto consigue, en mi opinión, una de las grandes bondades de ser cada vez más: los coches ya no se sorprenden al vernos por la calle y están preparados para adaptarse. Si pedaleas sabrás a lo que me refiero. Vaya por delante, no soy anti-coche, de hecho tengo uno y lo uso cuando es necesario. Esa es la clave, usarlo con cabeza. Hasta cierto punto el automóvil soluciona situaciones, pero pasado un umbral se convierte en un problema. Hay que reducir su uso, no eliminarlo y, aunque hace falta ser valiente, nuestros responsables tienen muchas posibilidades a su alcance para hacerlo. Conozco cientos de ejemplos de otros países, ciudades y empresas que han funcionado muy bien. Se trata de mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, cuidar su salud, reducir la contaminación que nos acosa (produce más muertes que los propios accidentes de tráfico) y otros muchos beneficios.

Pero siendo sinceros, el escenario también ha cambiado a peor porque muchos nuevos usuarios no saben circular. Se saltan semáforos, se suben a las aceras, cruzan pasos de cebra sin bajarse de la montura, van por calles de sentido prohibido, pasan a toda pastilla entre ancianos o niños en una plaza y otras muchas cosas que producen rechazo a los que intentamos movernos por la ciudad dando pedales con respeto. Y esto causa, naturalmente, rabia y enfado al resto de usuarios de la vía. Pero por favor no generalicemos: la culpa es de esta gente, no de las bicis. Vivo esto mismo en todas las ciudades del país. Sin excepción. Vamos en el buen camino aunque queda mucho por hacer. La mano dura con los que no cumplen las normas es un primer paso, pero que sea igual de dura para todos.

 

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tom
ás
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ículo publicado en La Verdad de Murcia el 13 de Abril de 2016

Es una pena.

Es una pena que nuestros teléfonos ya no tengan botones. Y que tengan más memoria que nosotros que ya no recordamos los números de nuestros amigos ni los de nuestros familiares. Los números de teléfono tenían algo especial, no eran una sucesión de cifras cualquiera, decían algo. Sonaban. Siempre. Pero ya no los tocamos, ya no los sentimos. Ya no suenan, ya no hablan. De hecho ya ni son nada porque nadie se acuerda de ellos. El pitido de los nuevos smartphones al rozar sus pantallas planas no hace más que recordarme que olvidé qué teclas pulsaba cuando te llamaba. Hemos vivido cómo los prefijos pasaban de ser el viaje a otros mundos a eliminar de un plumazo cualquier atisbo de lejanía. Incluso para llamar al vecino tienes ahora que añadir el 968, el 967 o el 91. Un cambio radical en nuestras vidas. Y lo soportamos.

Es una pena que nuestras cuentas corrientes ya no tengan pesetas. Muchos de nosotros necesitamos varios años para dejar de pensar en ellas a la hora de cualquier precio en euros. Otros morirán en el intento. ¿No había otra equivalencia más complicada que 166,386? Qué mala leche los alemanes y su sencilla paridad 1 a 2. Con las pesetas ser millonario estaba a nuestro alcance. Pero nos fastidiaron bien. Pagos mensuales en un billete. Con los euros todo iba a ser más barato y más mejor. Pero quedan pocas cosas no hayan duplicado su precio. Monedas grandes que se redondean hacia arriba. Monedas pequeñas que no sólo sirven para rellenar huchas. Morriña de los cinco duros. Y de nuevo lo soportamos.

Es una pena que nuestras matrículas ya no tengan señalada la provincia de procedencia. Tuve un Seat Panda negro de cuarta mano, con placas M – IT. Algunos me decían que no fuera con él a Barcelona. Algunos ponían sus propias pegatinas cantonales. Algunos matriculaban sus coches en ciudades que tenían iniciales divertidas. El juego estaba servido. Y para juegos el de jugar con tus hermanos y esas letras en los viajes eternos. Compáramelo con las tres actuales seguidas de cuatro números. No hay color. Encima ya no sabemos quiénes son los forasteros de nuestros pueblos. Nos han destrozado otra vez. Y hemos vuelto a soportarlo sin rechistar.

Nos quieren igualar a Europa en cosas banales, pero nos han quitado lo realmente importante de la vida. Nuestros botones, nuestras pesetas y nuestras matrículas. Estos gobernantes nos llevan locos. Ya lo decía uno de mis grupos favoritos: “Correr a ciegas es como retroceder, aquí no queda nada claro.”

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tomás
www.nachotomas.com
Artículo publicado en La Verdad de Murcia el 6 de Abril de 2016

Y esa luz.

Siempre hay alguien que de un tortazo nos devuelve a la tierra, nos pone en contexto, consigue que olvidemos las tonterías que nos rodean y hace que, de un plumazo, sintamos lo que debemos sentir, dejando de lado aspectos superfluos de nuestras vidas.

Hace cuatro días el directo a la mandíbula nos lo dio un chaval, a unos metros de donde estábamos, que decidió suicidarse colgándose de un balcón usando para ello sus propios pantalones. Así como suena. Más crudo escribirlo casi que vivirlo, la velocidad de los acontecimientos en directo supera cualquier película. Lo hizo en mitad de la noche, justo cuando por su lado pasaba la procesión del Viernes Santo de Yeste, en un completo silencio que alguien rompió a grito pelado pidiendo un médico. Mi cuñada, embarazada, enfermera y mujer fuera de serie, salió disparada a echar un cable. Afortunadamente, nos contaba luego, todo quedó en un susto. Misión fallida.

Nosotros salíamos a dar un paseo tras la cena en familia, para ver las rurales, entrañables y religiosas procesiones locales, por unas calles muy estrechas y muy a años luz de Los Salzillos de Murcia, con S y Z, en las que por falta de gente que cargara los tronos me vi arrimando el hombro, nunca mejor dicho, en el Santo Sepulcro, dicen que el más pesado de los que desfilan. Antes de los 40 voy a hacer todo aquello que siempre he criticado. Se trata de una urna de madera y cristal que cobija a un Cristo tumbado. Yacente. Muerto. Espejo de ese chico que quiso quitarse de en medio. Centímetros abajo el armazón es atravesado por dos largas varas, cazadas con pequeñas cuñas para impedir holguras que cayeron peligrosamente varias veces durante el recorrido. Tuvimos que ajustarlas a golpes usando los estantes como martillo. Centímetros arriba un montón de kilos. Un montón de Fe. Y en los extremos dos lazos abrazan como pueden un almohadón intentando amortiguar el peso que cuatro únicos costaleros esquinados sienten en el lomo. Sentimos. Sufres al sentir cómo resbala y la madera se te clava en los huesos. Ser el más alto e inexperto causó estragos en mi espalda. Íbamos dando relevos por parejas, cruzando un pueblo que ya es mi pueblo, mirando de reojo, complicidad y sorpresa a mi mujer en cada recodo. Mis hijos no daban crédito. “Papá, ¿te duele?” Me preguntaban medio en gestos medio en susurro. Pues sí, duele, pero más dolía pensar en el chaval que nadie se quitaba de la cabeza.

Y esa luz. Del cielo estrellado iluminando las calles apagadas. De la pasión de los feligreses que tenía a medio metro. De la que quizá vio el muchacho al final del túnel. Del trono encendido con bombillas de alto consumo deslumbrándome.

De la Luna llena.

Deslumbrándonos a todos.

 

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tom
ás
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ículo publicado en La Verdad de Murcia el 30 de Marzo de 2016

Racataplá

La Semana Santa es un tambor con tornillos que se te clavan en el muslo. Tiene la piel suelta y está manchado con restos del año pasado, guardado sin limpiar con suerte los parches no están rajados al volver a sacarlo de su funda. El Miércoles Santo llega siempre de sorpresa, a veces lloviendo y con frío, a veces con sol abrasador y manga corta. Bendita Luna llena. Curioso cambio de hora. Me levanto por la mañana con tembleque en las manos y nervios en el estómago. Hellín tiene la culpa. Durante tres cuartas partes de mi vida he repetido hasta aburrir que hoy es mi día preferido del año y que no me lo perderé nunca. La Semana Santa es mucho más que procesiones.
Comenzar el día con un café en el Monterrey. Subir López del Oro hasta Las Valencianas, rodear el parque y subir hasta la Plaza, atravesar el Rabal plagado de gente con el racataplá zumbando rítmicamente en tus oídos, marcado por algún bombo que organiza el caos. El sonido te perseguirá varios días hasta en los ruidos más mundanos. Saludar a los amigos de La Bajera, tomarte algo en La Farándula, recordar a Manolo el Bambu. Y dejarse llevar, tocar hasta alcanzar ese punto que sólo se entiende con los palillos quemándote los dedos, la túnica negra, el pañuelo al cuello y sintiéndote al mismo tiempo parte del todo que te rodea y aislado del mundo, hasta que llega ese momento efímero de penumbra tras ponerse el sol, de noche pero con luz, la mítica hora azul. La hora de escapar a casa porque una retirada a tiempo es una victoria. Pero no te retiras. Y al día siguiente no has ganado. Estás perdido pero contento.
Han sido cerca de veinte años seguidos hasta que fallé por un viaje de trabajo al otro lado del charco. Y lo pasé mal, incluso tomando mojitos en el Caribe. Hay nostalgias irremediables. Ahora, con los pelos de punta mientras escribo, asumo que hoy echaré de menos tocar en Hellín. Nos vamos a quedar en Murcia como ya hicimos hace dos años. Decidimos romper los planes, pasar aquí las fiestas y nos encantó la experiencia. Veremos con la urbe apagada la Procesión del Silencio del Jueves Santo en la que salí alguna vez en esa adolescencia sembrada de contradicciones. Esa edad en la que no sabes si tienes convicción o simple curiosidad, esnobismo o pasión, egoísmo o imitación. La fe no se hereda, se gana a pulso. Como dice Franco Battiato: “Viva la juventud… que afortunadamente pasa.”
Me va a doler no estar hoy en la Ciudad del Tambor. Y eso que las tradiciones están para seguirlas. Aunque las tradiciones también están para cambiarlas.

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tomás
www.nachotomas.com
Artículo publicado en La Verdad de Murcia el 23 de Marzo de 2016