Puentes, puentes, puentes.

Iba a comenzar esta columna con un rollo metafórico. Algo así como si tal idea congenia con esta otra o si este pensamiento en principio solitario hará saltar la chispa del que realmente quiero transmitir. No tengo la capacidad literaria suficiente para ello y me arriesgo sin duda a no ser entendido convenientemente. Por ello cambio el tercio y voy a enumerar directamente algunos de los puentes más importantes de mi vida como introducción al último párrafo. Todos los he cruzado. Todos los recomiendo. Todos tienen su historia.

Comienza el periplo con mi primer viaje al extranjero y el Pont Neuf (puente nuevo) de París, paradójicamente el más antiguo de la capital francesa al que he vuelto siempre que regreso a la Ciudad de la Luz. Seguimos en Portugal con el más largo de Europa, el Vasco de Gama en Lisboa. Sin salir del país vecino no hay que perderse la obra de un discípulo de Eiffel, el Don Luis I en Oporto, ciudad que cuando visité, en plena decadencia cuajados los años noventa, daba incluso algo de miedo. De Dublín el Ha’penny Bridge (puente del medio penique) y en Berlín hay que pasar por el de Friedrichs (con la imponente torre de comunicaciones y emblema urbano de fondo). Siguiendo la ruta por Europa central, de Ámsterdam escojo el curioso Magere Brug (puente estrecho) y aporto dos más de otras ciudades holandesas, Nijmegen y Arnhem: el de la Operación Market Garden en la Segunda Guerra Mundial y el exclusivo para bicicletas que me enamoró este verano.

Continuamos en Europa donde cinco construcciones destacan en mi opinión sobre el resto: el fantástico y fantasmagórico Karluv Most (puente de Carlos) en Praga, el mítico Rialto de Venecia, el inigualable Tower Bridge de Londres, el entrañable Ponte Vecchio en Florencia y el húngaro de Las Cadenas que abrazan Buda y Pest. Cruzando el charco me quedo con las tres joyas neoyorquinas: el de Brooklyn (la más típica estampa de la capital del mundo), el de Verrazano – Narrows (punto inicial del maratón de esa ciudad) y el de Manhattan (especialmente recomendable su visualización a través de los edificios cercanos).

De vuelta a España la oferta es inmensa, a veces no sabemos lo que tenemos aquí mismo. El puente de Isabel II en Sevilla, más conocido como el de Triana, en la ciudad (me disculpen) más bonita de España, el de Piedra en Zaragoza, que tantas veces he cruzado corriendo bajo un cierzo salvaje, el Viaducto de Segovia en Madrid, sobre todo visto desde abajo y de noche, el inmenso puente de Rande en Vigo y el de La Salve junto al Guggenheim de Bilbao. Y a tiro de piedra, nunca mejor dicho, el de Vizcaínos en Yeste, estilo Indiana Jones y el Puente de Hierro en Murcia, muy cerca de donde nací, donde me crié y donde actualmente vivo. Posiblemente el puente que más he atravesado en mi vida.

Los puentes unen personas, enlazan ideas, fusionan ciudades. Quiero puentes en mi vida, quiero construirlos, quiero cruzarlos y llegado el caso, por qué no, quiero destruirlos.

 

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tomás
Artículo publicado en La Verdad de Murcia el 8 de Noviembre de 2017

 

 

 

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