La noche y nosotros

No tengo recuerdos claros de mi estancia en el vientre materno pero imagino sin temor a equivocarme un sonido acuoso que nos envolvía rodeado de luces y sombras, movimientos ondulantes y voces que serían familiares al cabo de los meses. Se trata de la primera vez en nuestra vida en que sufríamos las tremendas diferencias de la noche y el día, recibidas a través de esa ventana traslúcida que dicen es la carne humana.

Hoy me ha dado por pensar en la relación que tenemos con el Sol y con la Luna, con la luz y con la oscuridad que ambos producen, con lo oculto y lo patente, con lo (in)visible. Es algo que evoluciona con la edad, que vas degustando a sorbos con el tiempo, que vas modelando en función de tu existencia y sus etapas. La noche tiene algo especial, no hay duda, pero el día gana enteros conforme avanzan tus pasos en esta interesante película en la que eres protagonista.

De niño huyes de la oscuridad como algo inhóspito, lejano, extraño y que acojona bastante, para qué engañarnos. En una infancia vivida en las calles, el hecho de que comenzara a anochecer era síntoma de fin de juegos, de volver a casa, de cena, de dormir, de monstruos. La noche, de niño, era una faena.

La cosa cambia, y de qué manera, con el paso de los años, cuando el día deja paso a la juerga, a los amigos, a las copas y a la fiesta. Ver clarear la oscuridad al final de la noche supone retirada, a lo vampiro, dirección a los aposentos. En la juventud el sol es a veces el enemigo. Ese que te reta, que te ataca y que te gana por goleada, gafas oscuras.

La vida sigue y de las aventuras nocturnas pasas al aperitivo, comida, tardeo y a la huida con la luz, a lo péndulo estelar, pensando en el día de mañana y en las consecuencias de la valentía. En este momento estamos, disfrutando de los madrugones casi tanto como de ese mágico momento entre la puesta de sol y la oscuridad total. La hora azul le llaman algunos. La hora madura, podríamos rebautizarla.

Y como el ciclo que somos, intuyo que llegará el momento del miedo a las noches en vela. Sufriendo en el deseo de que de una vez amanezca para comenzar la rutina. Debe dar pavor acostarse y no saber si el ojo se cerrará cuando se lo ordenas, se lo pides, cuando se lo suplicas. Y entonces echaremos cuentas, a buenas horas, de las noches sin dormir, del robo continuo al sueño, del puedo y no quiero. De las noches, de los días y de que el final, la culpa es tuya por querer disfrutar siempre eso que no tienes. Que no puedes.

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tomás
Twitter: @nachotomas
Artículo publicado en La Verdad de Murcia
26 de septiembre de 2018