De la profundidad

En Murcia hay un pueblo que daría para película. Se llama “La Unión” y está al lado de Cartagena. Es un municipio nuevo, mezcla de antiguas poblaciones que se fusionaron independizándose de la cercana ciudad portuaria, creciendo tan a lo bestia que por algunos fue bautizada como la California española. Pero lo que sube tan rápido suele descender a la misma velocidad, perdiendo, principalmente por la crisis minera, dos tercios de su pico de treinta mil habitantes en poco más de treinta años.

Su Parque Minero merece una visita, con la mina Agrupa Vicenta como vértice de una ruta con mucha historia. Si además se adereza con un buen guía, premio seguro. Se nota que Diego, el que tuvimos la suerte de disfrutar, sabe de lo que habla y lo transmite de esa forma que solo algunos son capaces, mejorando aún si cabe el precioso recorrido. A tus pies un museo atemporal que te sube desde abajo, envolviéndote. El sistema de extracción de “cámaras y pilares” ha provocado la generación de unas bóvedas únicas en el mundo, perladas de decenas de columnas naturales de pirita que llegan a alcanzar los ocho metros de altura a ochenta metros de profundidad. Todo ello coronado con un lago subterráneo de rojas aguas ácidas.

Hasta aquí la parte bonita de la historia. Ahora toca el lado oscuro. Muertos, horarios infernales, destajos imposibles, silicosis y explotación infantil. Nos contaban que para cobrar el jornal tenían que sacar treinta y siete “cunas” diarias llenas de mineral. No había sueldo normal, el pago eran cupones canjeables por alimentos adquiribles en el economato propiedad del dueño de la explotación. Trabajar para poder comer y círculo cerrado. Los mineros morían antes de los cuarenta y su plaza podía ser heredada por los hijos, que debían falsear su edad para con nueve o diez años fingir el mínimo de catorce y directos al tajo y muerte. Una sociedad, fiel reflejo del sector, hasta hace bien poco anclada en sus profundidades, en sus laberintos más internos, aplastada quizá por una carga de siglos.

No creo que jamás ninguno de nosotros podamos hacernos una mínima idea de lo que es trabajar en una mina. Sí creo que la culpa de la sensibilidad que muchos sentimos asociada a la minería la tiene “Trabajo duro”, esa monumental canción de El Último de la Fila que, durante muchos años y entre sueños, me despertaba con esa maldita sensación de tristeza infinita. Sus acordes y letra se transmitirán en mi código genético, es lo que tiene la música eterna. Cómo se mete en el alma, cómo se enreda al corazón, cómo pone la lija en la garganta. Como cuando deambulas pensativo entre las galerías de alguna mina.

Si no lo has hecho ya, estás tardando.

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tomás
Twitter: @nachotomas
Artículo publicado en La Verdad de Murcia
6 de febrero de 2019

Un plan para los jueves

De todas las cosas que se pueden hacer un jueves por la mañana en Murcia, ninguna tan auténtica como acompañar a tu madre al “mercao”. Realizar este recorrido entre vendedores ambulantes es como viajar en el tiempo. Hacía tantos años que no venía por aquí. Recuerdo cómo aparcaba el seiscientos con mi hermano y conmigo dentro mientras corría a comprar antes de dejarnos en el colegio. Recuerdo el olor de los churros. Recuerdo verla venir de vuelta cargada de bolsas mientras nosotros nos peleábamos y toqueteábamos la radio.

Recorremos las callejuelas en que se ha convertido la larga y amplia Avenida de la Fama mientras te invaden sonidos, colores y sobre todo olores. En el “mercao” hay dos formas de comprar: la de buscar sin mucho ahínco a la espera de la sorpresa o la de ir a tiro hecho. En la segunda vas con prisa, en la primera disfrutas del gallinero. Gente que se gana la vida cada día en una ciudad diferente. Una gitana vende tres bragas a un euro junto al clásico afilador de cuchillos con su inseparable moto en ristre. En el “mercao” puedes comprar un vestido de playa para tu hija o un kilo de melocotones a mitad de precio, unas zapatillas de estar por casa o el cupón de la ONCE, una camiseta de la selección española o un bolso de imitación. Alguien grita que las cabezas de ajo están en oferta, otro intenta convencerte de que los calzoncillos de pata son mejores de algodón que de lycra.

Muchos saludan a mi madre e incluso la llaman por su nombre. Los genes de la sociabilización me han llegado vía directa. “Te he guardado las judías verdes-verdes que tanto te gustan. Vale, ahora vuelvo a por ellas.” El aroma del apio, las berenjenas y los reventones tomates “coloraos” le recuerdan a la suya, a mi abuela. Quizá por eso viene tanto. Quizá yo venga más cuando ella no esté.

Cuando al día siguiente paso por este lugar pienso que he vivido un sueño. La fresca jaula de grillos llena de toldos arrojando su maravillosa sombra se ha vuelto a convertir en el maldito asfalto y sol abrasador. Siempre me ha sorprendido la capacidad que tienen las ciudades y los humanos de transformarlo todo de un modo tan profundo o de una forma tan efímera. Como estos churros que se van a echar a perder si no nos los comemos pronto.

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tomás
Artículo publicado en La Verdad de Murcia
27 de junio de 2018

Foto: Archivo General de la Región de Murcia

Una hora sentado

Lo he hecho. Típica mañana de lunes que te pasa por encima. Basta. Me he visto con fuerzas y he salido corriendo. Sin mirar atrás y dejando el móvil en la mesa de la oficina. A lo Fernando Fernán Gómez. Con más ganas que intención me he sentado en la terraza de una cafetería en una céntrica calle de mi Murcia. Tan cercana y cada día más lejos.

He decidido ganar una hora de mi vida. Ganar tiempo es más de una vez perderlo. Tres cafés tomando notas mentales de lo que veo. Trescientas personas.  Hojeo el periódico y miro con descaro a los transeúntes oculto tras mis gafas de sol de espejo. Ojeo el periódico y me propongo profundizar en la cantidad de desinformación que nos llega cada día. Leo que “una prenda se usa en promedio sólo cuatro veces” y me miro los gastadísimos vaqueros con una cara mezcla de sorpresa y de desencanto con la raza humana.

Desde mi privilegiada posición veo venir a la gente desde lejos. Con suficiente tiempo para analizar sus movimientos al menos un rato. Y sin que sea esto un experimento sociológico me atreveré a dar porcentajes estimados de las personas que he examinado: Todas han mirado el móvil en este corto trayecto. Bastantes andaban en solitario. Muchas llevaban bolsas con, supongo, compras recientes. Casi nadie paseaba, iban directas a algún sitio, sólo hay que fijarse en cómo cambia el gesto de la cara y la mirada de unos y otros. La mayoría de los que iban acompañados no sonreían. Un par de despistados han estado a punto de tropezarse y me ha parecido ver a una chica llorando. Menudo panorama. Tengo que repetir esto una tarde, con niños, quiero convencerme de que el espectáculo será distinto. Los adultos no tenemos remedio.

La vida pasa chascando los dedos por delante de nuestras narices y nos empeñamos en estar siempre ocupados. Nos llama pero estamos comunicando. Parece fría pero si te acercas calienta. Pongamos otro leño y juntémonos un poco. Tras el invierno siempre llega la primavera pero el que puede que no llegue a la siguiente estación eres tú, así que cuelga y aprovecha lo que tienes delante.

Entonces he sentido un fogonazo, me he quitado las gafas mirando al cielo y he visto un Tesla descapotable de color rojo surcando el firmamento con Bowie sonando a toda pastilla. Me ha venido a la cabeza su papel en “El truco final”  y me ha quedado por fin claro que los únicos magos aquí somos nosotros, los seres humanos. Saquemos las varitas mágicas. Ganemos tiempo. Perdiéndolo si es necesario.

 

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tomás
www.nachotomas.com
Artículo publicado en La Verdad de Murcia el 14 de Febrero de 2018

 

 

El tiempo en la vida de barrio.

Cuando vivía en Madrid el tiempo era diferente. Estoy escribiendo esta columna y aún no tengo claro si me cundía más o menos que ahora. Vamos a analizarlo.

Cuando vivía en Madrid tardaba más en llegar a la boca de metro más cercana a mi casa de lo que en Murcia tardo en plantarme en la silla de la oficina. Y luego el viaje propiamente dicho: un par de transbordos y otra caminata tras salir de nuevo a superficie en el barrio de destino. “Correr y atravesar mil vidas grises de gente gris”, que diría alguien.

 

Cuando vivía en Madrid comía de tupperware encima de la mesa del despacho porque era inviable pensar en salir a comer fuera. Prohibitivo económicamente en tu primer trabajo e inviable por el tiempo que necesitaría para ir y volver. Los horarios de trabajo eran interminables, entrar de noche, salir de noche. Eso sí, hice algunos de mis mejores amigos.

Cuando vivía en Madrid se me iba en alquiler cerca de la mitad del sueldo, en transporte otro pico. Y qué decir del tiempo perdido. Eso sí, leía mucho más que ahora. Paseos bajo tierra. También escuchaba más música. Y qué música.

El tiempo ahora en Murcia ha cambiado. El tiempo en la vida de barrio es llevar a los hijos al colegio de la mano en cinco minutos cruzando únicamente dos pasos de cebra, utilizar transporte privado sólo cuando es estrictamente necesario y poder salir con quince minutos de antelación para llegar andando a paso ligero a una cena en cualquier punto de la ciudad. El tiempo en el barrio es que el panadero te lleve el pan a la puerta de casa,  que un cliente te regale una bolsa de tres kilos de naranjas o pasar una tarde entre semana en el centro. Que los camareros te pongan el café con leche fría en vaso grande con sólo un contacto visual, que la vecina te pida recoger del cole a sus hijos porque se le ha complicado un asunto. Y viceversa. Esto es vida de barrio. Con sus enormes ventajas. Y algún “inconveniente” como tardar veinte minutos en recorrer los doscientos metros de distancia entre Santo Domingo y la Catedral.

Sí, en Madrid hay una inmensa vida cultural, gastronómica, nocturna y lo que quieras. Está bien cuando eres joven.  A nuestra edad no sales de tu barrio, que es más grande que casi cualquier capital de provincia. Y no te mueves. Vida de barrio, entonces. Prefiero ir de vez en cuando y disfrutar la capital con billete de vuelta.

Para vivir en un barrio de Madrid prefiero mi Murcia. Mi barrio y mi gente.

 

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tomás
www.nachotomas.com
Artículo publicado en La Verdad de Murcia el 1 de Febrero de 2017