Hay una expresión física, casi animal, que no se puede fingir: la del que mira algo que escapa a su control. Es esa mirada fija, de ojos como platos, que se nos queda cuando la realidad decide saltarse el guion y nos obliga a ser testigos de lo irrepetible. Puede ocurrir en distintos momentos, en la butaca de un cine, frente a la pantalla de un móvil, haciendo deporte o mirando al cielo. Es el momento en el que el parpadeo se convierte en una pérdida de tiempo porque lo que tienes delante, sencillamente, no tiene toma dos. A veces ojos como platos implica boca abierta.
Vivimos en la era de los efectos especiales vistiendo la desnudez, de los filtros de Instagram que te quitan las ojeras y de las inteligencias artificiales redactando discursos sin haber sentido un escalofrío en su vida. Nos hemos acostumbrado a que todo sea mentira. Por eso, cuando la realidad asoma el hocico sin avisar, nos quedamos mudos.
El otro día me pasó en el cine viendo Hamnet: una historia de pérdida, de peste y de muerte, donde el silencio de la sala pesaba casi físicamente. No es sólo entretenimiento, es una bofetada de realidad que te recuerda que somos únicamente carne y hueso. Esa misma sensación, ese vértigo de lo que no se puede editar, es lo que me ha tenido pegado a las pantallas estas últimas semanas. Os cuento.
Por un lado, unos tipos (astronautas nada menos) en la Estación Espacial Internacional que tienen que bajar a toda prisa porque el cuerpo les ha dicho basta. Da igual que estés a 400 kilómetros de altura y rodeado de tecnología de billones de dólares: si las tripas fallan, eres un simple bulto asustado buscando el camino de vuelta a casa. Es la antítesis de la propaganda espacial heroica; es la vulnerabilidad humana rompiendo el cristal de la perfección técnica. Y emitido en directo en YouTube.
Por otro lado, un tipo escalando la Torre Taipei 101 sin cuerdas, sin red, solo él contra el acero y el vacío. Y encima sonriendo. ¿Publicidad? Por supuesto. Pero de la buena. De la que te hace sudar las manos más a ti que a él porque sabes que, si falla, el final no tiene edición de postproducción. Es el mismo morbo (o la misma fe) que nos hizo mirar a Félix Baumgartner con Red Bull, a Neil Armstrong pisando la Luna o cada vez que sale humo blanco de la Capilla Sixtina en un cónclave antes de conocer al nuevo Papa.
A los publicistas nos pagan por controlar el mensaje, por envolver el producto en papel de seda para que parezca infalible. Llevamos décadas vendiendo una perfección aséptica que no existe, construyendo marcas que, a veces, son maniquíes sin pulso. El marketing moderno ha caído en la trampa de creer que el consumidor quiere orden, cuando lo que realmente busca es un rastro de sangre en la arena que le confirme que el que está ahí arriba (o ahí fuera) siente el mismo miedo que él.
Esa obsesión por el control ha matado la épica. La está matando. Hemos sustituido el riesgo real por el «storytelling» de garrafón, olvidando que la atención no se compra con algoritmos, se arrebata con la verdad y la realidad. Nos pasamos la vida diseñando experiencias «multicanal», segmentando audiencias, analizando algoritmos, mientras la verdadera conexión sucede cuando un tío se juega el cuello en un rascacielos o un astronauta muestra su fragilidad saliendo en silla de ruedas de su cápsula espacial.
Al final, todo se resume en lo mismo: nos gusta mirar el abismo para convencernos de que nosotros, al menos hoy, seguimos a salvo en la butaca, dando vueltas alrededor de nuestro destino, como decía ese temazo. Ya sea en un cine viendo morir al hijo de Shakespeare o en YouTube viendo a un hombre trepando a una antena en Taiwán. Buscamos ese directo sin red que el marketing de despacho es incapaz de fabricar. Porque solo cuando el guion se rompe, empezamos a prestar atención de verdad. Y comenzamos a ver la realidad y lo que, en el fondo, nos conmueve.



