Shanghái, como tantas otras monstruosas urbes que te aplastan sin piedad si te dejas llevar por su inercia, se desplegó ante mí como una trituradora absoluta; más aún cuando aterricé en el ecosistema del Mobile World Congress, un mastodonte donde el verdadero reto no es deslumbrarse con la tecnología, sino tener la sangre fría de distinguir qué sirve para algo y qué es pura chatarra con luces led y aspecto humanoide. He cruzado medio mundo enrolado en las misiones comerciales y tecnológicas del INFO Región de Murcia, donde los viajes te quitan mucha tontería de encima de un plumazo, primero porque te estrella contra la escala real y salvaje del mercado asiático —algo que, por mucho que te intenten explicar, tienes que ver con tus propios ojos—, y segundo porque te hace comprender que el músculo y la sabiduría empresarial que gastamos en nuestra tierra aguanta el asalto a cualquiera de estos gigantes sin apenas despeinarse. Qué pijo, tenemos capacidad de sobra para presumir de lo que sabemos hacer, hacerlo y, sobre todo, venderlo.
Las fotos que subimos a las redes sociales, con su postureo inherente, jamás mostrarán el lado feo y crudo de estos desplazamientos, ese cansancio visceral que se acumula en los huesos por un cambio horario profundo que te revienta por dentro mientras sigues contestando correos y WhatsApps de trabajo de madrugada; y es que, cuando viajas para exprimir tanto lo laboral como lo lúdico, no concibes la vida de otra forma que no sea quemando cada segundo disponible. Me escapé a Pekín un par de días, donde corrí por el Templo del Cielo y la Ciudad Prohibida, pedaleé por los laberínticos hutong, comí pato donde mandan los que saben y puse a prueba mi nivel del idioma chino que, para mi sorpresa tras tantos años hincando codos, funciona mucho mejor de lo que creía, moviéndome por inmensas avenidas y estaciones abarrotadas sin tocar un solo yuan físico, engullido por un país radical y tremendamente digitalizado.
Pero no he atravesado el globo terráqueo para hacerme la foto de rigor con un robot que te prepara un café, te mide las pulsaciones o chuta un balón a puerta vacía, sino para entender cómo encajar la barbaridad que se está cociendo allí en los procesos publicitarios y comunicativos de aquí, destripando tendencias con la única obsesión de llevarnos lo estrictamente útil y tirar a la basura el envoltorio y el humo —que estos chinos también te venden una miaja—, confirmando que las relaciones personales, la consultoría estratégica y las buenas prácticas jamás podrán ser gestionadas por una inteligencia artificial o un trozo de metal ensamblado. Esa es la única manera de dar la talla ante los clientes que ya tenemos esparcidos por medio mundo, la verdadera razón por la que nos metemos en estos jardines a miles de kilómetros de casa.
«China crea un nuevo mercado de 10 billones de dólares cada año. Son 600 millones de personas transitando hacia la clase media. Ahora mismo. En tiempo real». Ese fue el dato demoledor que soltó Julio Ceballos en el podcast El Orden Mundial que escuché nada más aterrizar de vuelta en España, la banda sonora perfecta para procesar el jet lag y la realidad que acabo de pisar.
Llevo quince años ayudando a empresas murcianas a estar donde está el mundo, desde India y Japón hasta Costa de Marfil o Dubái, pasando por Israel, Colombia, México o Ghana.
Y ahora China, que es mucha China.



















































































