El efecto retardado del pasaporte

Estaba el otro día subido a una silla, con las tijeras y el destornillador en el bolsillo, peleándome primero absurdamente con los ganchos de unas cortinas y montando después una básica lámpara, inmerso en la patética trascendencia de nuestros problemas domésticos del primer mundo, cuando, sin previo aviso y con las manos llenas de polvo, el cerebro me dio un latigazo y me escupió a miles de kilómetros de distancia. El año pasado me lo pasé metido en aviones, en varios países de cuatro continentes, saltando entre el ruido ordenado de Tokio, la altitud de Bogotá, el caos infinito de México DF, el asfalto roto de Abiyán o la profundidad de Accra, por no hablar de la interminable y a veces tediosa gira de viajes exprés por nuestra geografía nacional, acumulando tarjetas de embarque como si el simple hecho de moverte te hiciera automáticamente más sabio o te curara la estupidez.

Tenemos una visión romántica y manoseada de que el viaje te cambia en el acto, allí mismo, en riguroso directo, mientras te bebes una cerveza local sobrevalorada mirando el atardecer que te han vendido en una guía de viajes online, o mientras finges entender la complejidad social de un mercado africano; pero es una jodida mentira. En el momento en que lo vives, no cambias; en el momento solo eres un forastero intentando sobrevivir al choque térmico o al idioma, procesando estímulos a lo bestia, asegurándote de que no te timen con el cambio o buscando cobertura en el móvil. El viaje, en el momento de ejecutarse, es pura supervivencia logística.

La verdadera bofetada de realidad, el instante exacto en el que la experiencia te cala los huesos, te arranca los prejuicios de cuajo y te hace crecer por dentro, no ocurre con la maleta en la mano ni en la cola de aduanas rezando para que no se percaten de que alguien se comió una letra en tu visado, sino meses o quizá años después, un martes cualquiera, mientras arreglas el cable de una lámpara sueca. Es justo ahí, en la cima de un acto totalmente aséptico, cuando la memoria, que es caprichosa y bastante cabrona por cierto, te detona en la cara: te das cuenta de que tú estás blasfemando porque se ha ido la luz cinco minutos, mientras que allí donde estuviste tener electricidad corriente en casa es una lotería diaria.

Ese resorte invisible, como la música o los olores, que salta cuando menos te lo esperas. Cuando sales a correr por tu barrio de madrugada para quemar el estrés, pisando un asfalto iluminado y seguro, y de golpe recuerdas que intentar esa misma carrera nocturna por ciertas calles de otros continentes equivale a comprar papeletas para no volver a contarlo. O cuando pasas por delante de un polideportivo con césped artificial de última generación y te asalta la imagen de aquellos chavales partiéndose las piernas felices en un patatal lleno de rocas y polvo al que llamaban, con toda la dignidad del mundo, campo de fútbol.

Viajar es exactamente eso: un veneno de efecto lento que te inoculas sin darte cuenta, que se queda durmiendo en tu torrente sanguíneo, agazapado, y que solo despierta mucho tiempo después, justo cuando la absurda y acolchada comodidad de tu rutina amenaza con anestesiarte.

Es en ese preciso instante de revelación tardía, subido a una silla con un destornillador en la mano, cuando por fin el viaje cumple su propósito y te da la perspectiva necesaria para recordar que el ombligo de tu pequeña vida, afortunadamente, no es el centro de absolutamente nada.

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Nacho Tomás

Director de N7, agencia de publicidad, marketing y comunicación

Autor de los libros: «El lado feo del bordado» e «Impulsa tu Marca».

Vocal de la Junta Directiva de la Asociación de Directivos de la Región de Murcia – ADIMUR.

Miembro de la Comisión de Marketing y RSC del Colegio de Economistas de la Región de Murcia.

Colaborador en Onda Cero Murcia.

Columnista / articulista en el periódico La Verdad de Murcia.

Ponente en varias universidades y escuelas de negocios de todo el país.

Padre, marido y deportista.

Toco la guitarra, canto y escribo cosillas cuando me siento inspirado.

El resto mejor en persona.

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