Una historia que viene de arriba

Hay un cúmulo de estrellas cerca del aguijón de Escorpio, la constelación más preciosa de los cielos de verano, esa que se parece realmente al peligroso animal, enorme y enroscado, mirando al sur en las primeras horas de las noches de julio y agosto, que nunca había visto hasta hoy.

Para el que no lo sepa, las constelaciones son esos dibujos imaginarios formados por estrellas cuya luminosidad aparente desde la Tierra se ordena con letras del alfabeto griego, por lo tanto a la más brillante de cada constelación se le denomina alfa, la segunda beta y así sucesivamente, aparte del nombre propio que también algunas tienen si son especiales por algún motivo, como Polaris, por poner un ejemplo.

Las constelaciones pueblan toda la bóveda celeste, pero las que se sitúan en la “eclíptica”, el recorrido aparente, como una banda, que hace el Sol, la Luna y los planetas por el firmamento nocturno, forman los 12 signos del zodiaco (por favor, estamos hablando de astronomía, no astrología). Los planetas (y la Luna y el Sol, claro) se desplazan lentamente entre las constelaciones, pero las estrellas que las forman siempre están fijas, milenio tras milenio.

Escorpio es especial por muchas razones, aparte de que cuando la ves por primera vez no puedes dejar de verla ya nunca en tu vida, tiene varias estrellas muy reconocibles como Antares (alfa de Escorpio por ser la que más brilla de la constelación y con una historia curiosa que deberá ser contada en otro momento), Zubenelgenubi (la pinza del sur), Zubeneschamali (la pinza del norte) o Shaula (el aguijón con el que comenzábamos esta historia).

Escorpio también es muy interesante, cuando miras el cielo con tranquilidad y a ser posible con unos prismáticos (no hace falta telescopio, de hecho es casi mejor, te lo digo porque tuve al mejor maestro posible en este campo, mi tío Ángel, que ahora está al otro lado del cielo), interesante, decía, porque la Vía Láctea la atraviesa entre Sagitario (que está a su izquierda) y esa zona contiene una gran cantidad de objetos Messier.

El catálogo Messier es una lista de más de 100 “piezas” astronómicas de diferente naturaleza como nebulosas, cúmulos de estrellas o galaxias. Algunos de sus objetos más famosos y reconocibles incluso a simple vista son la Galaxia de Andrómeda (M31), la Nebulosa de Orión (M42) o Las Pléyades (M45). 

Llevo años mirando el cielo de agosto desde Yeste y nunca había sabido que había algo ahí, tan ahí, una zona que conozco tan bien. Y encima ese cúmulo de estrellas, que se llama M7, es uno de los más brillantes del verano y se ve a simple vista. Lo descubrió el astrónomo griego Claudio Ptolomeo hace casi dos mil años. Y ahí sigue, cada agosto, sobre la Sierra del Segura, sin que casi nadie levante la vista para buscarlo. M7. Y yo llevo quince años llamando N7 a mi agencia. No sé si es casualidad o si el universo tiene un sentido del humor más fino de lo que le reconocemos (que le pregunten a Nolan/Cooper/Murph) pero el día que recopilé toda esta información me quedé medio en shock, medio sonrisa tonta.

Pero es que lo más curioso vino después. Atentos. Yeste celebra sus fiestas en agosto en honor a San Bartolomé, su patrón. Y Bartolomé viene del arameo Bar-Tolmai, «hijo de Tolmai». Hay quien sostiene que ese Tolmai no es otro que una forma antigua de Ptolomeo. O sea: San Bartolomé podría traducirse, sin forzar demasiado la historia, como «hijo de Ptolomeo». Así que, ahí está, triple mortal con tirabuzón, el santo de mi pueblo adoptivo, cuyo nombre remite a Ptolomeo, y un cúmulo de estrellas descubierto por este, brillando cada agosto sobre el mismo pueblo en el que conocí a mi mujer y 22 años después seguimos viniendo cada verano.

Me pareció una de esas casualidades inventadas por un buen guionista, de las que querría haber creado un director de cine y no puede porque la realidad gana siempre. Llevo quince años en esto de contar historias para que otros compren cosas, viajen a sitios o confíen en marcas. Y si hay algo motivador del marketing, que lleva décadas obsesionado con inventar relatos, es darse cuenta, muchas veces de rebote, que los mejores relatos ya están escritos. No hace falta fabricar un eslogan cuando el patrón de un pueblo y uno de los cúmulos más brillantes del verano llevan dos milenios unidos por una simple palabra. Solo hace falta que alguien se pare a mirar. Maldita pereza.

Cada vez disfruto más descubriendo historias que ya existen pero nadie ha conectado, como esos dibujos que aparecían al unir las líneas de puntos, constelaciones en papel. Las auténticas historias tienen una fuerza que ningún departamento creativo puede fabricar, por mucho presupuesto que se ponga detrás.

La próxima noche de verano que mires hacia el sur y veas esa mancha borrosa, piensa que Ptolomeo y el santo patrón de mi pueblo llevan dos milenios compartiendo el mismo código, casi riéndose de nosotros, mientras aquí abajo seguimos devanándonos los sesos por inventar fábulas mediocres. Ninguna agencia podrá jamás igualar la fuerza de una historia real que siempre estuvo ahí arriba y que, para mayor ofensa de los que nos dedicamos a esto, nos salía completamente gratis. Solo teníamos que encontrar los puntos, unirlos y, tachán, disfrutar de la maravilla que se forma simple pero complejamente.

Imagen de Nacho Tomás

Nacho Tomás

Director de N7, agencia de publicidad, marketing y comunicación

Autor de los libros: «El lado feo del bordado» e «Impulsa tu Marca».

Vocal de la Junta Directiva de la Asociación de Directivos de la Región de Murcia – ADIMUR.

Miembro de la Comisión de Marketing y RSC del Colegio de Economistas de la Región de Murcia.

Colaborador en Onda Cero Murcia.

Columnista / articulista en el periódico La Verdad de Murcia.

Ponente en varias universidades y escuelas de negocios de todo el país.

Padre, marido y deportista.

Toco la guitarra, canto y escribo cosillas cuando me siento inspirado.

El resto mejor en persona.

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