Como cada día he abierto hoy el periódico y me he topado en la portada con la plaga de carteles generados por inteligencia artificial que tiene en pie de guerra a diseñadores y creativos no solo en Murcia, en todo el mundo.
Siendo sincero, no me produce sorpresa, sino un pesado efecto déjà vu. Las calles se están llenando con rostros de una simetría tan impecable como inquietante, carteles donde todo brilla con una luz perfecta pero desalmada, letras y fuentes y efectos y humo y sonido les falta.
Superada ya la fase cómica de las manos con seis dedos o los dientes imposibles (la tecnología ha avanzado a velocidad de vértigo, seamos sinceros), el verdadero drama al que nos enfrentamos no es técnico, sino de criterio.
El problema no es la herramienta; el problema es que hay quien le sigue pidiendo a ChatGPT exactamente las mismas obviedades que hace dos años y se come con patatas la primera propuesta que escupe el algoritmo. Sin dirección de arte, ni coherencia con la propia marca, sin concepto y sin un estómago publicitario que filtre la paja, el resultado es el mayor pecado que puede cometer una marca: la absoluta homogeneización. Si tu cartel es calcado al de la mercería del barrio, la del festival de música de la esquina, la fiesta del cole de tus hijos o la de una franquicia china, tengo que darte una mala noticia: te has vuelto invisible.
En casa, el experimento sociológico se pasa a diario sin necesidad de encuestas. Mis hijos, de 17 y 18 años, representan a esa generación que consume toneladas de impacto visual por segundo casi sin pestañear. Sin embargo, basta con que se crucen con uno de estos diseños hipercalibrados para que salte una alarma doble: por un lado detectan la textura sintética a leguas de distancia y por otra su diagnóstico es inmediato: les da repelús.
Una curiosa paradoja para los gurús del ahorro de costes (muchas veces pequeños empresarios que bastante tienen con llegar a fin de mes), pero que en su afán por producir churros a precio de saldo, logran exactamente lo contrario de lo que busca la buena publicidad, que es generar empatía y conectar con la gente. Mucho ruido, poco impacto.
La inteligencia artificial no va a extinguir a los diseñadores ni a los creativos, del mismo modo que la llegada de las calculadoras no acabó con los matemáticos. Lo que está haciendo esta marea de imágenes clonadas es separar el trigo de la paja: dejar al descubierto la pereza de quienes confunden apretar un botón con tener una idea y elevar el valor de quienes aún sabemos que comunicar sigue siendo un oficio profundamente humano.
Al final, en un mundo saturado de plástico, lo auténtico cotiza al alza. Sé auténtico, no seas plástico.



