Perdido, por fin

Hay un momento en mis viajes que me produce una satisfacción difícil de explicar. Ocurre cuando salgo por primera vez de un hotel en una ciudad desconocida y, durante unos segundos, no tengo ni la más remota idea de dónde estoy. No sé hacia dónde está el centro, qué calle lleva a la reunión que tengo dentro de un rato o por dónde demonios se volverá de nuevo a donde estoy ahora mismo. Miro a un lado, miro al otro y descubro que no tengo absolutamente ninguna referencia. Y no os podéis imaginar lo que me encanta.

Pero no hay que irse a la otra punta del mundo, me pasó este fin de semana en Palma de Mallorca, un lugar que ya conocía de estar varias veces, pero salí a correr, como hago siempre que viajo pues es mi manera de conocer las ciudades, doblé una esquina creyendo que aparecería una plaza y de repente me encuentro un callejón sin salida, giro, vuelvo a una calle convencido de que llevaría al mar pero termino frente a la Catedral.

La sensación resulta especialmente extraña en alguien como yo, que necesita tenerlo casi todo controlado. Soy bastante cuadriculado, lo reconozco. Organizo mis jornadas antes de empezarlas, llevo una agencia de publicidad donde los compromisos y los imprevistos pelean por ocupar el mismo espacio, intento saber dónde están mis hijos adolescentes, qué tengo pendiente de hacer y qué debería haber terminado ayer. Una agenda mental que funciona incluso cuando no debería.

Pero hay algo peor que esa necesidad de control: la costumbre de aparentarlo. De dar la impresión de que sabes dónde estás, adónde vas y qué estás haciendo con tu vida. Llevo años trabajando en la imagen de empresas y marcas; supongo que algo se pega. Y a veces me descubro comportándome como si yo también tuviera que estar permanentemente en campaña.

Por eso me gusta encontrarme de pronto en un sitio donde nadie me conoce. Un clandestino placer que durante unos minutos me recuerda que no tengo que demostrar nada. Ni siquiera que sé orientarme.

Vivimos en una época en la que perderse está mal visto, se ha convertido casi en una decisión voluntaria. El teléfono conoce nuestra posición con una precisión obscena. Reservamos restaurantes antes de viajar, estudiamos sus cartas antes de cenar, calculamos los trayectos antes de salir y hasta sabemos desde qué esquina hay que fotografiar un monumento antes de verlo. Nos hemos vuelto tan eficientes organizando las experiencias que a veces parece que las hemos vivido antes de empezar.

Lo curioso es que, en realidad, no necesito saber dónde estoy para disfrutar de estar allí. Me basta con observar a quienes pasan, escuchar un idioma que no comprendo, mirar las caras y las fachadas, cruzar una calle sin saber qué habrá al otro lado.

Durante ese breve intervalo soy del todo yo, un tipo cualquiera, en una ciudad cualquiera, disfrutando del maravilloso privilegio de no tener ni puñetera idea de dónde me encuentro.

Después, por supuesto, saco el móvil y abro Google Maps.

Me conozco. Hasta para perderme tengo el tiempo justo.

Imagen de Nacho Tomás

Nacho Tomás

Director de N7, agencia de publicidad, marketing y comunicación

Autor de los libros: «El lado feo del bordado» e «Impulsa tu Marca».

Vocal de la Junta Directiva de la Asociación de Directivos de la Región de Murcia – ADIMUR.

Miembro de la Comisión de Marketing y RSC del Colegio de Economistas de la Región de Murcia.

Colaborador en Onda Cero Murcia.

Columnista / articulista en el periódico La Verdad de Murcia.

Ponente en varias universidades y escuelas de negocios de todo el país.

Padre, marido y deportista.

Toco la guitarra, canto y escribo cosillas cuando me siento inspirado.

El resto mejor en persona.

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