En alguna ocasión me han propuesto participar en tertulias de televisión y jamás se me ha pasado por la cabeza aceptar. Y mira que me gusta hablar, discutir y hasta llevar la contraria, especialmente cuando creo tener razón. Pero últimamente he descubierto un placer que no esperaba encontrar a estas alturas de mi vida: tener una opinión y, sencillamente, guardármela.
Hace nueve años escribí en estas mismas páginas sobre la equidistancia. Me llovieron tortazos electrónicos de todos los colores por opinar en redes sociales sobre uno de aquellos asuntos que convertían cualquier conversación en una declaración de guerra. Para unos era un rojo, para otros un facha. Qué tiempos aquellos. Lo verdaderamente divertido era que ambas sentencias respondían al mismo comentario. Desde entonces ha cambiado bastante el mundo, pero seguimos teniendo una extraordinaria facilidad para decidir lo que piensa el de enfrente antes de escucharlo.
Ahora, además, parece que no basta con pensar algo, hay que anunciarlo. Preferiblemente deprisa, sin demasiadas dudas y con la contundencia suficiente para que los nuestros nos aplaudan y los otros se enfaden. Y si el asunto requiere tiempo para entenderlo, mala cosa. Ya lo explicará en otro minuto algún experto de los que se fabrican entre un titular y el siguiente.
No quiero ponerme estupendo. Me he pasado buena parte de mi vida opinando en público y trabajo precisamente en un oficio que consiste, entre otras cosas, en encontrar argumentos para convencer a los demás. He defendido ideas con una seguridad que hoy me daría un poco de vergüenza y he contestado demasiado pronto a preguntas que merecían pensarse un rato. Tengo opinión sobre muchísimas cosas, algunas bastante contundentes. Lo que ya no tengo tan claro es por qué debería compartirlas todas.
Prefiero una buena discusión con un amigo y una cerveza delante. Empezar la tarde convencido de una cosa, pedir otra ronda, escuchar una historia que no conocías, discutir, volver sobre lo dicho y descubrir, tres horas después, que el otro quizá tenía razón. O que ninguno la tenía del todo. Qué maravilla poder rectificar sin que nadie saque una captura de pantalla o un TikTok viral con tus argumentos de las siete para reprochártelos a las diez.
Esa conversación cabe mal en un tuit. Tampoco resulta fácil meterla en una tertulia donde el reloj exige una sentencia antes de la publicidad. Y no es que la equidistancia sirva para todo: hay asuntos que exigen tomar partido y otros en los que no hay dos razones igual de respetables. Pero entre callarse por miedo y hablar por obligación queda un territorio enorme donde uno puede escuchar, dudar y, si le da la gana, cambiar de opinión. O no.
La paradoja es que estoy escribiendo todo esto en una columna de opinión. Dentro de un rato quedará publicada, inmóvil, sin segunda ronda ni oportunidad de matizar nada con quien la lea.
Y ya veréis cómo más de uno me explica lo que en realidad he querido decir.



